Platón nos sigue sorprendiendo. La lectura
cuidadosa de sus Diálogos de madurez, en particular del Banquete y del Fedro,
nos proporciona pistas para comprender el sobado, manido y trillado tema del
amor. El Banquete nos sugiere dos grandes definiciones del amor. Por un lado,
la más conocida, el amor como deseo de integridad. Definición puesta en boca de
Aristófanes. El mito de los seres esféricos que fueron divididos por los dioses
como castigo y que desde entonces penan buscando su otra mitad, mito de
Aristófanes, pone de relieve la comprensión del deseo como carencia y la
necesidad de definir el amor como deseo de unidad. Esta concepción parece
emparentada estrechamente con la concepción cristiana occidental del amor
monogámico e indisoluble del “ya no son dos sino uno” y del “hasta que la
muerte los separe”. A esta concepción se le opone la noción oriental del amor
como alteridad, noción que se expresa en el “dos” que acepta la imposibilidad
de la unidad. La noción del amor como deseo de integridad también se enfrenta a
la comprensión del amor del paganismo que pone en el centro la seducción y
sostiene que el amor es multiplicidad.
Pero dicha posición, la del mito de
Aristófanes, no es la canónica en el Banquete. En la segunda parte del diálogo,
la sacerdotisa Diotima define el amor como generación y procreación en lo
bello. Y vincula esta definición con la sed de inmortalidad que mueve nuestras
acciones más nobles y con la invitación a contemplar la belleza en sí. En fin,
el amor es definido aquí no como tener hijos al estilo Gabino Barrera, sino
como realizar obras trascendentales que nos inmortalicen. Por ello hemos de
insistir en la importancia de la preposición “en” en esta definición. Es
generación y procreación “en” lo bello. Es decir, el famoso “dictum” que nos estimula
a tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro, de poco sirve si no se
realiza en lo bello.
Sin embargo, el Fedro hace su trabajo de
complementación y de corrección de lo dicho en el Banquete. Define el amor como
“manía”. “Manía” es de difícil traducción. Puede significar locura, delirio o
demencia. Nos quedamos con la acepción “locura”. El Fedro habla de cuatro
manías: la adivinatoria, la purificadora, la poética y la amorosa. Pero el Fedro
sugiere que la de mayor rango es la amorosa. La manía del amor lleva mano. Ahí
nos podríamos quedar, pero el Fedro agrega que dicha locura es divina. La
fuerza de esta posición es de llamar la atención pues se suele acentuar en
Platón el orden de su dualismo como lo que lo distingue.
En fin, sin negar la riqueza de las posiciones
que defiende el Banquete, hoy quiero subrayar que el amor es una locura, pero
una locura divina. Esa afirmación incondicional y entusiasta del otro es
demencial. Pero esa afirmación también es divina. Es, finalmente, de una fuerza
similar o superior a la de la muerte, tal como lo sostiene el Cantar de los
Cantares.
Javier Prado Galán
Académico de la UIA
Artículo publicado en la Revista Barrio 101, el 4 de noviembre de 2010.
Artículo publicado en la Revista Barrio 101, el 4 de noviembre de 2010.
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