Blog de Javier Prado Galán: 2011

viernes, 12 de agosto de 2011

Zigma Sobre Mesa

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Aquí compartimos el programa de radio Zigma Sobre Mesa conducido por Javier Prado Galán.

Transmitido el 11 de agosto de 2011 a través de Ibero 90.9 FM

Invitados:
Dr. Alberto Montoya Martín del Campo
Dr. Alejandro Guevara Sanginés


 

lunes, 11 de julio de 2011

Algo va mal

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El desaparecido Tony Judt publicó en 2010 Ill Fares the Land. Dicho libro es una crítica airada e inteligente a aquellas sociedades, como la nuestra y la estadounidense, que han fomentado la desigualdad económica a lo largo de los últimos treinta años. Adam Smith nos decía que ninguna sociedad puede prosperar y ser feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y desdichados. Es el caso nuestro. Nuestra felicidad está en juego. Este país encabeza tristemente, junto con otras naciones, las listas de países con mayor pobreza-miseria y con mayor desigualdad en América Latina. Se acerca el 2012 y es hora de hacer nuestro examen de conciencia y nuestro propósito de enmienda de cara a las elecciones presidenciales próximas.
Desde finales del siglo XIX hasta la década de 1970 las sociedades desarrolladas de Occidente se volvieron cada vez menos desiguales. Lamentablemente en los últimos treinta años hemos dado marcha atrás y la desigualdad se ha acrecentado sensiblemente. La desigualdad económica, todos lo sabemos, exacerba los problemas. Mayor desconfianza, más trastornos mentales, mayor mortalidad infantil, más criminalidad, mayor desempleo, más violencia, etc. Todo esto es provocado directamente por la desigualdad económica. Las diferencias hirientes entre ricos y pobres agravan los problemas sociales. Esto sucede tanto en los países ricos como en los pobres. El problema se torna irreversible cuando una sociedad -la nuestra, la estadounidense, la inglesa- empieza a considerar como natural la desigualdad creciente. Judt lo suscribe de este modo: Una cosa es convivir con la desigualdad y sus patologías, otra muy distinta es regodearse en ellas. Existe una relación directamente proporcional entre la igualdad y la confianza. A mayor igualdad, mayor confianza. Hemos de recuperar la confianza, pero para ello hay que avanzar hacia la igualdad.
La Revolución Francesa nos legó sus tres preciados principios: igualdad, libertad y fraternidad. Nos debe quedar claro que la fraternidad es imposible en una sociedad desigual. La desigualdad no sólo es ineficaz sino que también es inmoral. Los hombres nunca serán hermanos si la desigualdad económica les impide verse a los ojos en un reconocimiento hegeliano que supere la dialéctica del amo y el esclavo. John Rawls, el gran teórico de la justicia, ya advertía sobre esto mismo. La fraternidad se torna imposible si “el principio de la diferencia” que ve por los más desaventajados es desdeñado olímpicamente.
Es un lugar común y hasta una obviedad hablar de la desigualdad y sus consecuencias. Sin embargo, aunque parezca increíble, hablar de esta tara social se vuelve hoy sumamente incómodo. A quienes tratamos el tema, se nos suele ver como bichos raros. Ponerse en los zapatos de los otros, nos engrandece y ennoblece. La maldad no es otra cosa que la falta de empatía hacia el otro. Esta falta de empatía es la raíz de la desigualdad. La desigualdad es mala. Es hora de desterrar la maldad de la tierra.

Javier Prado Galán

Académico de la Universidad Iberoamericana

viernes, 25 de febrero de 2011

La locura divina del amor

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Platón nos sigue sorprendiendo. La lectura cuidadosa de sus Diálogos de madurez, en particular del Banquete y del Fedro, nos proporciona pistas para comprender el sobado, manido y trillado tema del amor. El Banquete nos sugiere dos grandes definiciones del amor. Por un lado, la más conocida, el amor como deseo de integridad. Definición puesta en boca de Aristófanes. El mito de los seres esféricos que fueron divididos por los dioses como castigo y que desde entonces penan buscando su otra mitad, mito de Aristófanes, pone de relieve la comprensión del deseo como carencia y la necesidad de definir el amor como deseo de unidad. Esta concepción parece emparentada estrechamente con la concepción cristiana occidental del amor monogámico e indisoluble del “ya no son dos sino uno” y del “hasta que la muerte los separe”. A esta concepción se le opone la noción oriental del amor como alteridad, noción que se expresa en el “dos” que acepta la imposibilidad de la unidad. La noción del amor como deseo de integridad también se enfrenta a la comprensión del amor del paganismo que pone en el centro la seducción y sostiene que el amor es multiplicidad.

Pero dicha posición, la del mito de Aristófanes, no es la canónica en el Banquete. En la segunda parte del diálogo, la sacerdotisa Diotima define el amor como generación y procreación en lo bello. Y vincula esta definición con la sed de inmortalidad que mueve nuestras acciones más nobles y con la invitación a contemplar la belleza en sí. En fin, el amor es definido aquí no como tener hijos al estilo Gabino Barrera, sino como realizar obras trascendentales que nos inmortalicen. Por ello hemos de insistir en la importancia de la preposición “en” en esta definición. Es generación y procreación “en” lo bello. Es decir, el famoso “dictum” que nos estimula a tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro, de poco sirve si no se realiza en lo bello.

Sin embargo, el Fedro hace su trabajo de complementación y de corrección de lo dicho en el Banquete. Define el amor como “manía”. “Manía” es de difícil traducción. Puede significar locura, delirio o demencia. Nos quedamos con la acepción “locura”. El Fedro habla de cuatro manías: la adivinatoria, la purificadora, la poética y la amorosa. Pero el Fedro sugiere que la de mayor rango es la amorosa. La manía del amor lleva mano. Ahí nos podríamos quedar, pero el Fedro agrega que dicha locura es divina. La fuerza de esta posición es de llamar la atención pues se suele acentuar en Platón el orden de su dualismo como lo que lo distingue.

En fin, sin negar la riqueza de las posiciones que defiende el Banquete, hoy quiero subrayar que el amor es una locura, pero una locura divina. Esa afirmación incondicional y entusiasta del otro es demencial. Pero esa afirmación también es divina. Es, finalmente, de una fuerza similar o superior a la de la muerte, tal como lo sostiene el Cantar de los Cantares.  

Javier Prado Galán
Académico de la UIA


Artículo publicado en la Revista Barrio 101, el 4 de noviembre de 2010.