El desaparecido
Tony Judt publicó en 2010 Ill Fares the
Land. Dicho libro es una crítica airada e inteligente a aquellas
sociedades, como la nuestra y la estadounidense, que han fomentado la
desigualdad económica a lo largo de los últimos treinta años. Adam Smith nos
decía que ninguna sociedad puede
prosperar y ser feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y desdichados. Es
el caso nuestro. Nuestra felicidad está en juego. Este país encabeza
tristemente, junto con otras naciones, las listas de países con mayor
pobreza-miseria y con mayor desigualdad en América Latina. Se acerca el 2012 y
es hora de hacer nuestro examen de conciencia y nuestro propósito de enmienda
de cara a las elecciones presidenciales próximas.
Desde finales
del siglo XIX hasta la década de 1970 las sociedades desarrolladas de Occidente
se volvieron cada vez menos desiguales. Lamentablemente en los últimos treinta
años hemos dado marcha atrás y la desigualdad se ha acrecentado sensiblemente. La
desigualdad económica, todos lo sabemos, exacerba los problemas. Mayor
desconfianza, más trastornos mentales, mayor mortalidad infantil, más
criminalidad, mayor desempleo, más violencia, etc. Todo esto es provocado
directamente por la desigualdad económica. Las diferencias hirientes entre
ricos y pobres agravan los problemas sociales. Esto sucede tanto en los países
ricos como en los pobres. El problema se torna irreversible cuando una sociedad
-la nuestra, la estadounidense, la inglesa- empieza a considerar como natural
la desigualdad creciente. Judt lo suscribe de este modo: Una cosa es convivir con la desigualdad y sus patologías, otra muy
distinta es regodearse en ellas. Existe una relación directamente
proporcional entre la igualdad y la confianza. A mayor igualdad, mayor
confianza. Hemos de recuperar la confianza, pero para ello hay que avanzar
hacia la igualdad.
La Revolución
Francesa nos legó sus tres preciados principios: igualdad, libertad y
fraternidad. Nos debe quedar claro que la fraternidad es imposible en una
sociedad desigual. La desigualdad no sólo es ineficaz sino que también es
inmoral. Los hombres nunca serán hermanos si la desigualdad económica les
impide verse a los ojos en un reconocimiento hegeliano que supere la dialéctica
del amo y el esclavo. John Rawls, el gran teórico de la justicia, ya advertía
sobre esto mismo. La fraternidad se torna imposible si “el principio de la
diferencia” que ve por los más desaventajados es desdeñado olímpicamente.
Es un lugar
común y hasta una obviedad hablar de la desigualdad y sus consecuencias. Sin
embargo, aunque parezca increíble, hablar de esta tara social se vuelve hoy sumamente
incómodo. A quienes tratamos el tema, se nos suele ver como bichos raros. Ponerse
en los zapatos de los otros, nos engrandece y ennoblece. La maldad no es otra
cosa que la falta de empatía hacia el otro. Esta falta de empatía es la raíz de
la desigualdad. La desigualdad es mala. Es hora de desterrar la maldad de la
tierra.
Javier
Prado Galán
Académico de la Universidad Iberoamericana
No hay comentarios:
Publicar un comentario